¿Por qué un aroma puede despertar un recuerdo en segundos?

Hay aromas que apenas necesitan unos segundos para llevarnos a otro lugar.

El olor de una crema que utilizaba nuestra madre. La tierra mojada después de la lluvia. Un perfume que asociamos a una persona. El café de una cocina determinada. El olor del mar, de una casa, de un colegio o incluso de una época de nuestra vida.

No necesitamos hacer un esfuerzo consciente para recordar.

De pronto, aparece una imagen, una sensación o una emoción.

A veces el recuerdo es muy concreto. Otras veces no sabemos exactamente qué estamos recordando y, sin embargo, sentimos que ese aroma nos resulta profundamente familiar.

¿Por qué ocurre?

La respuesta está, en buena medida, en la particular relación que existe entre olfato, memoria y emoción.

Un sentido con una conexión especial con el cerebro

Cuando olemos algo, las moléculas volátiles presentes en el aire llegan hasta el epitelio olfativo, situado en la parte superior de la cavidad nasal.

Allí se encuentran los receptores olfativos. Cuando determinadas moléculas interactúan con ellos, comienza una señal nerviosa que llega al bulbo olfatorio, una de las primeras estaciones cerebrales encargadas de procesar la información relacionada con los olores.

A partir de ahí ocurre algo especialmente interesante.

La información olfativa mantiene conexiones estrechas con regiones cerebrales implicadas en la emoción y la memoria, entre ellas estructuras como la amígdala y el hipocampo.

Esta organización ayuda a entender por qué un olor puede adquirir una carga emocional y autobiográfica tan intensa.

No significa que exista un sencillo «cable directo» entre un aroma y un recuerdo determinado. La memoria humana es mucho más compleja.

Pero sí existe una relación neurobiológica especialmente estrecha entre olfato, emoción y memoria.

Cuando el cerebro aprende un aroma

Un olor no contiene un recuerdo.

Lo construimos nosotros.

Imaginemos que durante años pasamos los veranos en casa de nuestros abuelos y que en aquel lugar olía habitualmente a jazmín.

El cerebro no almacena únicamente «olor a jazmín».

En aquellas experiencias también estaban presentes personas, conversaciones, temperatura, sonidos, lugares, emociones y sensaciones corporales.

El aroma formaba parte de todo ese contexto.

Con el tiempo puede establecerse una asociación entre ese olor y determinados elementos de nuestra experiencia.

Años después, podemos encontrarnos con un jazmín en un lugar completamente diferente y experimentar de pronto una sensación familiar.

Quizá aparezca una escena muy concreta.

Quizá simplemente sintamos calma.

O nostalgia.

O alegría.

Incluso puede ocurrir que inicialmente aparezca la emoción antes que el recuerdo consciente.

La memoria olfativa también es autobiográfica

Los olores pueden actuar como claves de recuperación de recuerdos autobiográficos: experiencias vinculadas a nuestra propia historia.

Este fenómeno se conoce popularmente como efecto Proust, en referencia al conocido episodio literario de la magdalena de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.

Un sabor y un aroma desencadenan en el narrador una cascada de recuerdos aparentemente olvidados.

La literatura lo describió de una forma especialmente bella, pero la relación entre olfato y memoria también ha sido objeto de investigación científica.

Los recuerdos evocados por olores presentan algunas características interesantes. En determinados estudios se han descrito como especialmente emocionales y capaces de generar una intensa sensación de estar reviviendo el momento.

Y aquí aparece una idea importante: recordar no consiste simplemente en recuperar una fotografía perfectamente archivada en nuestro cerebro.

Cada recuerdo es una reconstrucción.

Por eso un aroma puede despertar una experiencia muy intensa sin que todos los detalles que aparecen en nuestra mente sean necesariamente una reproducción exacta del pasado.

Un mismo aroma no significa lo mismo para todos

Esta es probablemente una de las cuestiones más importantes cuando trabajamos con aromas.

No existen significados emocionales universales para cada olor.

La lavanda puede resultar relajante y agradable para una persona porque la relaciona con momentos tranquilos.

Para otra puede recordar a un hospital, una residencia, una persona concreta o una experiencia desagradable.

El olor es el mismo.

La historia asociada a él no.

Por eso considero que, cuando utilizamos aromas dentro de un acompañamiento orientado al bienestar, debemos evitar una visión excesivamente rígida del tipo:

«este aroma sirve para esta emoción».

Podemos conocer propiedades, estudiar determinados efectos y trabajar con criterios de seguridad, pero también necesitamos escuchar qué significa ese aroma para la persona que tenemos delante.

De nuevo aparece una idea que para mí es fundamental:

primero la persona; después, la técnica.

¿Por qué algunos aromas nos gustan y otros nos producen rechazo?

La percepción de un olor tampoco depende exclusivamente de sus características químicas.

Influyen nuestra experiencia, aprendizaje, contexto cultural, expectativas y asociaciones previas.

Un aroma puede provocar bienestar porque está relacionado con experiencias agradables.

Pero también puede generar rechazo inmediato.

Y ese rechazo merece ser escuchado.

Cuando alguien dice «no sé por qué, pero este olor no me gusta», no necesariamente necesitamos convencerle de lo contrario.

Su respuesta ya nos está proporcionando información.

En el trabajo sensorial, la preferencia también forma parte de la experiencia.

Aroma, atención y experiencia sensorial

Esta capacidad evocadora del olfato abre posibilidades interesantes cuando lo incorporamos conscientemente a experiencias de bienestar.

Un aroma puede utilizarse como parte de un momento de respiración consciente.

Puede acompañar una práctica de relajación.

Puede convertirse en una señal sensorial asociada a una determinada rutina.

O puede utilizarse para explorar qué sensaciones, recuerdos o emociones aparecen cuando prestamos atención a nuestra experiencia olfativa.

Pero el aroma no necesita hacerlo todo.

Puede formar parte de algo más amplio.

Respiración.

Movimiento.

Atención.

Percepción corporal.

Memoria.

Experiencia emocional.

Cuando comenzamos a observar cómo interactúan estos elementos, dejamos de utilizar el aroma únicamente por «sus propiedades» y empezamos a comprenderlo también como un estímulo sensorial dentro de una experiencia personal.

Una de las preguntas que inspira SMELL + SMART®

Esta relación entre olfato, memoria, emoción, movimiento y atención es precisamente una de las cuestiones que están detrás del desarrollo de SMELL + SMART®.

No desde la idea de que un determinado aroma pueda producir automáticamente una respuesta concreta.

Más bien desde una pregunta:

¿qué ocurre cuando combinamos de manera estructurada diferentes estímulos sensoriales y cognitivos dentro de una experiencia de acompañamiento?

El aroma puede ser una puerta de entrada.

Pero después están el cuerpo, el movimiento, la atención, la emoción y la propia historia de la persona.

Y es precisamente esa interacción es la que me interesa seguir explorando.

La próxima vez que un aroma te lleve al pasado…

Quizá puedas detenerte unos segundos.

No para analizarlo todo.

Simplemente para observar.

¿Qué apareció primero?

¿Una imagen?

¿Una persona?

¿Una sensación corporal?

¿Una emoción?

¿Un lugar?

¿O quizá únicamente esa extraña certeza de que ese olor pertenece a algún lugar de tu historia?

Nuestro sentido del olfato nos recuerda algo especialmente interesante sobre la memoria:

no recordamos únicamente con palabras.

También recordamos a través de sensaciones, emociones y experiencias sensoriales.

Y a veces basta un aroma para que una pequeña parte de nuestra historia vuelva a hacerse presente.


Naturalmente para ti
Tu bienestar es mi propósito.

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