La persona antes que la técnica

Hay algo que he ido confirmando con el tiempo: dos personas pueden llegar buscando lo mismo y, sin embargo, necesitar cosas completamente diferentes.

Alguien puede decir: «Necesito relajarme».

Pero detrás de esa frase puede haber muchas realidades.

Una persona puede sentirse físicamente agotada. Otra puede llevar varios días con la cabeza llena de pensamientos. Otra quizá necesite simplemente detenerse y tener un espacio para sí misma. Y otra puede estar atravesando un momento emocionalmente intenso en el que lo último que necesita es recibir demasiados estímulos.

La palabra es la misma: relajarme.

La necesidad, no necesariamente.

Por eso, cuando hablamos de bienestar, considero importante cambiar la pregunta.

En lugar de pensar primero «¿qué técnica voy a utilizar?», quizá deberíamos empezar preguntándonos:

¿Qué necesita esta persona hoy?

La misma persona tampoco necesita siempre lo mismo

Incluso nuestras propias necesidades cambian.

Lo que nos ayudó hace un mes puede no ser lo que necesitamos hoy.

Hay días en los que agradecemos el contacto y el movimiento. Otros en los que buscamos silencio y quietud. A veces necesitamos sentir el cuerpo; otras, descargar tensión; otras simplemente parar.

También influyen nuestro descanso, el estrés, el estado emocional, las experiencias que estamos viviendo e incluso nuestras preferencias en ese momento.

Por eso un acompañamiento no debería convertirse en una secuencia automática que repetimos exactamente igual cada vez.

La persona cambia y el acompañamiento también puede hacerlo.

Escuchar antes de intervenir

Cuando alguien llega a una sesión, los primeros minutos pueden ser tan importantes como lo que hagamos después.

¿Cómo estás hoy?

¿Cómo has dormido?

¿Qué notas en tu cuerpo?

¿Qué te gustaría encontrar en esta sesión?

¿Hay algo que hoy prefieras evitar?

Son preguntas aparentemente sencillas, pero nos ayudan a comprender algo fundamental: cómo llega la persona ese día.

Escuchar también significa observar.

El ritmo con el que habla.

Su necesidad de silencio.

Si busca movimiento o quietud.

Si determinados aromas le resultan agradables o desagradables.

Si se siente cómoda con el contacto.

Y, por supuesto, respetar sus límites y preferencias.

No se trata de interpretar cada gesto ni de intentar descubrir lo que la persona no nos ha contado.

Se trata de no trabajar en piloto automático.

Tener muchas herramientas no significa utilizarlas todas

Cuando conocemos distintas técnicas puede aparecer una tentación comprensible: querer incorporar muchas cosas en una misma sesión.

Pero más no siempre significa mejor.

Aromaterapia, masaje, reflexología, Reiki, respiración, calor, estímulos sensoriales…

Cada recurso puede tener su lugar.

La cuestión no es cuántas herramientas podemos utilizar, sino por qué elegimos una y no otra.

En ocasiones una sesión sencilla puede ser exactamente lo que la persona necesita.

Y saber qué no utilizar también forma parte de un acompañamiento responsable.

La técnica debería estar al servicio de la persona, no la persona al servicio de la técnica.

Personalizar no significa prometer resultados

Adaptar un acompañamiento tampoco significa que podamos saber exactamente qué efecto producirá una intervención.

Cada persona responde de manera diferente.

Podemos seleccionar recursos teniendo en cuenta sus necesidades, preferencias, objetivos y circunstancias, pero sin convertir el bienestar en una promesa de resultados ni atribuir a una técnica capacidades que no podemos garantizar.

También es importante reconocer nuestros límites.

Hay situaciones que pertenecen al ámbito sanitario y necesitan ser valoradas por profesionales de la salud.

Un espacio de bienestar puede acompañar, pero no debe sustituir un diagnóstico ni un tratamiento médico o psicológico cuando estos son necesarios.

Para mí, reconocer esa frontera no resta valor al acompañamiento.

Al contrario: lo hace más responsable.

La experiencia de la persona también nos orienta

Hay otra pregunta que considero especialmente útil:

«¿Cómo te has sentido?»

No para buscar necesariamente una respuesta positiva.

También puede ocurrir que algo no haya resultado agradable, que una presión haya sido excesiva, que un aroma haya provocado rechazo o que una determinada práctica simplemente no encaje con esa persona.

Esa información importa.

Nos permite ajustar.

Porque personalizar no consiste únicamente en elegir al principio.

También consiste en observar, preguntar y modificar cuando sea necesario.

De aplicar técnicas a construir experiencias

Esta manera de entender el acompañamiento cambia bastante la perspectiva.

Ya no empezamos por:

«Hoy voy a hacer Reiki».

«Hoy voy a utilizar aromaterapia».

«Hoy toca reflexología».

Empezamos por la persona.

Y después podemos preguntarnos qué recursos tienen sentido dentro de nuestras competencias y de aquello que la persona desea recibir.

A veces será una única técnica.

Otras veces tendrá sentido combinar diferentes recursos.

Y habrá ocasiones en las que lo más adecuado sea simplificar.

La personalización no necesita convertir cada sesión en algo complicado.

Necesita convertirla en algo intencionado.

Primero la persona; después, la técnica

Esta frase resume buena parte de mi manera de entender el bienestar y también está en el origen de muchos de los proyectos que estoy desarrollando.

Me interesa conocer las herramientas.

Estudiarlas.

Comprender sus posibilidades y también sus límites.

Pero sobre todo me interesa aprender a seleccionarlas con criterio.

Porque detrás de cada sesión no hay únicamente un cuerpo sobre una camilla.

Hay una persona.

Con una historia, unas preferencias, unas circunstancias y unas necesidades que pueden ser diferentes cada día.

Quizá por eso la pregunta más importante antes de comenzar no sea:

«¿Qué puedo hacer?»

Sino:

«¿Qué tiene sentido hacer hoy para esta persona?»

Y algunas veces, esa pequeña diferencia cambia por completo nuestra manera de acompañar.


Naturalmente para ti
Tu bienestar es mi propósito.

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